Francisco Javier Morales Hervás / Doctor en Historia.

El 19 de marzo de 1923, tras una noche de enorme juerga toledana, Luis, joven cineasta, decidió fundar la “Orden de Toledo”. Invitó a sus mejores amigos para que formaran parte de ella y el requisito fundamental para ingresar en este selecto grupo era amar a Toledo sin reserva. Los miembros de esta orden que demostraban sentir un especial afecto por la ciudad imperial y que eran capaces de emborracharse al menos durante toda una noche y vagar por sus calles alcanzaban el rango de caballeros. Entre los que alcanzaron este honor se encontraban dos amigos especiales de Luis: el extraordinario poeta Federico y el magnífico pintor Salvador.

Un cálido día de la primavera de 1936 estos tres amigos habían quedado en su amada ciudad para realizar una de sus intensas y alocadas visitas y de este modo intentar olvidar por unas horas la angustiosa y convulsa situación social y política por la que atravesaba España en esos momentos. Como de costumbre, iniciaron su ruta en la Posada de la Sangre, junto a la plaza de Zocodover, y de allí se dirigieron hacia la Venta de Aires, donde, como casi siempre, pidieron para comer tortilla y perdices, que regaron con vino blanco de Yepes. Tras la larga sobremesa era obligado acudir a visitar la tumba del cardenal Tavera y cuando empezaba a anochecer se perdían por las callejuelas del casco en un delirante recorrido inspirado por el alcohol que les animaba a leer poesía, recitar obras de teatro o improvisar guiones cinematográficos.

Retablo

Esa noche la borrachera fue memorable y al despertar se percataron que habían acabado durmiendo junto al monasterio de San Juan de los Reyes, por lo que decidieron pasar a visitarlo una vez más. Conocían perfectamente su historia y por ello sabían que había sido mandado construir por los Reyes Católicos para convertirlo en mausoleo real, aunque al final éste se situaría en la catedral de Granada. El arquitecto encargado de diseñar la obra fue Juan Guas, que empezó a trabajar hacia 1479, aunque buena parte de lo que ahora podían contemplar era el resultado de las obras de restauración proyectadas por Arturo Mélida hacia 1881 y que aún en esos momentos continuaban.

 

Se trataba, sin duda, de un bellísimo complejo arquitectónico que representaba una de las mejores muestras del gótico isabelino en España. La iglesia era de una sola nave con capillas entre los contrafuertes y estaba dividida en cuatro tramos cubiertos con bóvedas de crucería estrellada y con un majestuoso cimborrio en el crucero sustentado por espectaculares trompas. A Salvador le gustaban las vidrieras sobre cada capilla y la gran profusión decorativa que presentaba el templo, sobre todo en la zona del crucero, en la que cobraban un especial protagonismo los símbolos de los Reyes Católicos con los escudos heráldicos, el águila de San Juan y el lema “tanto monta”. Por una puerta accedieron al claustro, que se organizaba en dos pisos, el inferior con arcos apuntados que acogían una bella tracería flamígera y el superior con arcos mixtilíneos. La galería inferior aparecía cubierta con bóvedas de crucería y la superior estaba cubierta con un extraordinario artesonado mudéjar que emocionaba especialmente a Federico.

Un aragonés, un andaluz y un catalán ya habían dejado atrás los excesos de la noche anterior, pero parecía que aún estaban en trance, extasiados al contemplar uno de los edificios más emblemáticos de Toledo, la ciudad a la que juraron amar, símbolo de las glorias de una España en la que se sentían dichosos, a pesar de los nubarrones que empezaban a amenazar por el horizonte.

Artesonado, relieves con los blasones de los Reyes Católicos y claustro. (Fotos: Wikimedia)