Francisco Javier Morales Hervás, Doctor en Historia

Felipe había recibido de su padre una enorme herencia territorial, en la que “nunca se ponía el sol”, a la que añadió algunos territorios en Italia y en el Norte de África. A pesar de este inmenso poder territorial, no le atraía en absoluto asumir su gobierno, que dejó en manos de su amigo, Francisco de Sandoval. Hacía unas semanas que la Corte acababa de regresar de nuevo a Madrid, tras haber estado unos años en Valladolid, y desde su regreso Felipe estaba deseando realizar una visita a un lugar al que su padre tenía especial devoción: el Santuario de la Virgen de la Caridad de Illescas. Al llegar a esta localidad toledana fue alegremente recibido por sus vecinos. A las puertas del templo le esperaban las autoridades dispuestas a acompañarle, pero Felipe les comunicó amablemente que quería realizar la visita con la única compañía de un sacerdote que haría las funciones de guía artístico y espiritual.

Gracias a su padre, Felipe ya conocía parte de la historia de este templo, cuya construcción había sido iniciativa del cardenal Cisneros, quien, a comienzos del siglo XVI, encargó los planos al arquitecto Pedro Gumiel. El santuario se encontraba adosado a un hospital que atendía a enfermos sin recursos, tanto de la localidad como transeúntes. La fama milagrosa de la Virgen de la Caridad hizo que cada vez fuesen más los fieles que decidieran visitar su imagen en este santuario, lo que acabaría por hacer necesaria la ampliación y reforma del edificio entre 1588 y 1600 hasta dar lugar a un nuevo templo bajo la dirección de Nicolás de Vergara.

Felipe pudo comprobar que el edificio tenía ciertos rasgos que le recordaban a algunas de las soluciones arquitectónicas adoptadas por Juan de Herrera en el monasterio de El Escorial, mandado construir por su padre. Era evidente la sobriedad, el clasicismo, la huida de la ornamentación innecesaria y la sustitución de las bóvedas nervadas por bóvedas de cañón, aunque, frente al empleo masivo de la piedra granítica en la obra escurialense, en este templo de Illescas se optaba por la típica costumbre toledana de alternar ladrillo y mampostería.

La iglesia ofrecía una sencilla planta de cruz latina, de una sola nave que estaba cubierta por una bóveda de cañón con lunetos. Dentro de la sobriedad que presentaba el interior del templo destacaba el retablo mayor, que había sido diseñado por El Greco, artista que acabada de terminar la realización de cinco extraordinarios cuadros, que llamaron la atención de Felipe, especialmente, “La Virgen de la Caridad”, en el que una grandiosa Virgen vestida con una llamativa túnica rosa acoge bajo su manto azul a un grupo de fieles, entre los que aparecía representado Jorge Manuel, el propio hijo del pintor cretense. Otro de los cuadros era “La Anunciación” en el que el arcángel Gabriel aportaba la sorprendente revelación a la Virgen María. En “Los Desposorios de la Virgen” aparecían las expresivas tonalidades características del El Greco en una composición que sorprendía por su simetría. En “La Natividad” resultaba enternecedora la sencilla humildad con la que se representaba el nacimiento del Dios Niño, que irradiaba la única luz con la que se iluminaba tan sublime escena. Finalmente, todo el programa pensado para ensalzar la figura de la Virgen culminaba con “La Coronación de la Virgen” en la que ángeles y querubines acompañaban a María en su proclamación como Reina de los Cielos. Felipe, quedó plenamente deslumbrado por la belleza contemplada, pero decidió que tras su viaje espiritual había llegado el momento de satisfacer otra de sus aficiones: el juego de naipes.

Diversos aspectos del Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, en Illescas, y su museo, con obras de El Greco, entre otras. Fotos: Turismo Castilla-La Mancha.