Francisco Javier Morales Hervás / Doctor en Historia

Amediados del siglo XV la realidad social y política de las tierras castellanas era bastante convulsa. En ese contexto resultaba fundamental saber elegir a qué bando había que apoyar, sobre todo si se quería prosperar y ganar influencia en la Corte. La ascendencia judeoconversa de Alvar no era su mejor carta de presentación en esos tiempos en los que se valoraba tanto ser cristiano viejo, pero desde su juventud había sabido jugar bien sus cartas en la partida de la inestabilidad sucesoria en el trono castellano. Alvar había llegado a ostentar importantes cargos en la corte de Juan II y de Enrique IV, como secretario y administrador, pero, influido por el Marqués de Villena, empezó a intrigar contra Enrique IV, a pesar de las importantes concesiones y privilegios que había obtenido de este monarca. Entre ellos se encontraba el señorío de Maqueda, que incluía la posesión de su castillo, fortaleza en la que se encontraba en esos momentos Alvar, pues había convocado allí a una serie de personajes contrarios al rey con el fin de consensuar los pasos a seguir para confirmar su traición al rey y apoyar al pretendiente Alfonso.

Panorámica del castillo.

Los convocados no llegarían hasta el día siguiente y por ello Alvar decidió que era una buena oportunidad para conocer mejor la fortaleza que desde hacía unos meses había pasado a formar parte de sus posesiones, a pesar de lo cual casi no había podido disfrutar de ella. El castillo se ubicaba en una estratégica situación y su bella figura se recortaba con elegancia ante el horizonte castellano. Su privilegiada posición ya había sido aprovechada desde la época romana y posteriormente, durante la ocupación musulmana, se levantó en el año 981 una estructura defensiva, que, a finales del siglo XI, cuando Alfonso VI logró tomar Toledo, pasó a manos cristianas. En 1177 Alfonso VIII concedió esta fortaleza a la Orden de Calatrava, que situó en este lugar la sede de una encomienda hasta que en 1434 el condestable Álvaro de Luna se hizo con esta fortaleza a cambio de entregar a los calatravos las villas de Arjona y Arjonilla. La notable capacidad de resistencia de este castillo se puso a prueba cuando el propio Álvaro de Luna y sus fieles resistieron los cercos del Juan II y del príncipe Enrique, aunque finalmente el condestable perdería la fortaleza que acabaría pasando a Alvar, al menos temporalmente.

La planta del castillo era cuadrangular y sus paramentos exteriores estaban constituidos por gruesos y elevados muros, que le conferían un innegable carácter de estructura inexpugnable, sensación que se veía aún más reforzada por la presencia de potentes torres circulares en las esquinas y hacia la mitad de los muros más largos. Tanto los muros como las torres estaban rematados por almenas dispuestas de forma elegante, que le otorgaban a la fortaleza una especial personalidad plástica, más allá de su lógica función defensiva. La mayor parte de los muros estaban realizados con mampostería, aunque también se podía apreciar el uso del sillar bien trabajado en algunos lugares, sobre todo en las esquinas, que podían presentar menor resistencia, y en marcos de puertas y ventanas. El acceso principal se situaba en el muro norte y estaba definido por un arco de medio punto enmarcado por un fino alfiz y la defensa principal de esta entrada se realizaba desde un matacán situado sobre la puerta.

Vista aérea del mismo cuando era cuartel de la Guardia Civil. En la actualidad las construcciones han sido totalmente transformadas para convertirlo en museo aunque, al final, no se llevará a efecto. Fotos: Ayuntamiento de Maqueda

En su interior el castillo contaba con múltiples dependencias tanto de carácter militar como administrativo y de servicios, además de las estancias donde se alojaban los dueños del castillo y posibles visitas como las que Alvar estaba esperando para preparar una nueva traición a Enrique IV.